Conocemos a personas que hablan mucho y de todo, como si fueran expertas en todos los temas. No saben escuchar a los demás, o menosprecian lo que dicen, como si sólo ellas fueran las únicas conocedoras de la vida, de la historia, de la realidad. Se hacen pedantes, vanidosas, engreídas, y sus intervenciones llegan a ser molestas; con el tiempo, no se les hace caso y ya no se les toma en cuenta.
En todos los ámbitos hay personas muy hablantinas. No falta quienes hablan demasiado y de todo; se constituyen en jueces de lo que los demás dicen, como si sólo ellos tuvieran toda la verdad. Por el contrario, hay personas de muy pocas palabras, pero muy prudentes, discretas, humildes y muy sabias.
Tenemos gobernantes que se consideran “muy bien informados” y emiten juicios de todo, en un tono burlón y ofensivo, sin consultar o sin tomar en cuenta a sus asesores, a sus colaboradores, y mucho menos a sus opositores.
Estos gobernantes en cada oportunidad que les presenta, hablan de todos los asuntos con tal autosuficiencia que se hacen repugnantes, ya que no siempre tienen toda la información. Por eso, a veces ya ni se quiere escuchar sus declaraciones, aunque todavía hay quienes les creen todo. A veces, lo que informan puede ser verdad o una verdad a medias; pero no siempre tienen toda la razón, sobre todo cuando ofenden a quienes piensan y actúan en forma distinta.
En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos, hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir. Esto implica hacer un silencio interior para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente: despojarse de toda prisa, dejar a un lado las propias necesidades y urgencias, hacer espacio.
Desarrollar el hábito de dar importancia real al otro. Se trata de valorar su persona, de reconocer que tiene derecho a existir, a pensar de manera diferente y a ser feliz. Nunca hay que restarle importancia a lo que diga o reclame, aunque sea necesario expresar el propio punto de vista. Todos tienen algo que aportar, porque miran desde otro punto de vista. Hay que tratar de ponerse en su lugar e interpretar el fondo de su corazón.
Los diferentes se encuentran, se respetan y se valoran, pero manteniendo diversos matices y acentos que enriquecen el bien común. Hace falta liberarse de la obligación de ser iguales. Es importante la capacidad de expresar lo que uno siente sin lastimar; utilizar un lenguaje y un modo de hablar que pueda ser más fácilmente aceptado o tolerado por el otro; plantear los propios reclamos, pero sin descargar la ira como forma de venganza, y evitar un lenguaje moralizante que sólo busque agredir, ironizar, culpar, herir.
El amor supera las peores barreras. Es muy importante fundar la propia seguridad en opciones profundas, convicciones o valores, y no en ganar una discusión o en que nos den la razón.
Tú y yo, ¿sabemos escuchar? ¿O somos de los que hablan de todo y ofendemos a los demás? Aprendamos el arte y la virtud de escuchar, aunque no siempre estemos de acuerdo; esperemos el momento de dar nuestro punto de vista, pero con respeto y amor.

