Acercarse a la poética del escritor Julio César Goyes Narváez (Ipiales, Nariño, 1960) es transitar por los elementos que configuran el milagro. Su interiorización, entre los signos y las cosas, puebla y despuebla la memoria. La condición del poema adquiere hondura, más allá del símbolo, ya que es su trazo, su cosmos de la infancia, el que dice y calla.
En Goyes el yo poético es la biografía de las palabras, el recurso de la intensidad, que indaga en el subsuelo las raíces del ahora en las que «la poesía puede ser una casa al filo de los cerros / donde se ejecutan tambores mientras llueve, / o un balcón con geranios en el barrio antiguo / donde alguien hace gárgaras de sueño». Pensada así, esta escritura nos impregna de la fuerza que erige nuestra casa, se hace de la llama que la alumbró, deviene tierra con un temblor indefinido: la frontera llama «una y otra vez, a la herida del mundo».
Cuando el pasado decanta el presente, agrieta el adentro, las entrañas del sujeto de la experiencia, para que, en los que leemos, el tiempo con sus aguaceros labre la profundidad del río que no es sino el vuelo del quinde. Si queremos descender en el verdadero territorio del que partimos, en lo que anuncia el sueño, en el espejo de los días, en la fugacidad que salta de espaldas al patio, entonces está ahí Guáitara, antología personal de Julio César Goyes, publicada por Caza de Libros Editores, bajo la dirección general de Pablo Pardo, que reúne más de 30 años de trasegar poético en el que la creación se expone en plena desnudez.
Un camino, el de Goyes, se sacude en el silencio y mientras se aleja hace posible todo pacto que señala que, en el fondo de lo escrito, la trama, hecha de torrentes y de transparencia, nombra «un dolor que no alcanza el vuelo». En esta dimensión, se convoca la nostalgia que lleva el rostro del conjuro. En su movimiento se registra la invención inagotable, una sustancia viva, donde los poemas de Guáitara
«¿Qué rama se mueve en lo hondo de este delicado viaje de los dos sin nosotros?», se pregunta Goyes en uno de sus versos y es que en él están contenidas las cuatro palabras que se levantan como columnas de lo que aquí se agita: Rama, hondo, viaje y otro. En torno a ellas, al movimiento que de esas palabras brota, es que gira la continuidad última del origen en las aguas del verso.
Dirigirnos hacia las orillas supone contemplar señales de espejo que se abisman en la fragilidad de lo que acontece, por eso «somos guáitara de ciudad honda y dolorida». Y es que mirar el Guáitara es atisbar el lugar de la página en blanco, excavar en él y desenterrar lo que lo habita: «un patio lloviendo y haciendo sol», «la tortuga asombrada por el alba», «los ojos de una esquiva estrella», «la Virgen de Las Lajas alumbrada por una veladora que no se acaba nunca», «los cuyes y la hierba de sus contados días» y «la casa (…) techo sin puertas / donde escampan las caricias, las ruinas / y el misterio».
La poesía de Julio César Goyes es la forma delGuáitara en el cuenco de las manos de su madre.Correo electrónico: thomasbernhard1@hotmail.com

