P. Narciso Obando

Necesitamos paz interior

Todos recordamos aquella persona que, para cada uno de nosotros, ha desempeñado un papel importante en la vida. Aquella persona buena, generosa, servicial, sencilla, alegre, siempre dispuesta a brindar una ayuda, a hacer un favor. Se trata de individuos que transforman, aligeran, tranquilizan, apaciguan, serenan. Son los que visten graciosamente el mundo con la elegancia del espíritu que tiene múltiples manifestaciones.

Una de las mejores terapias para la salud del hombre es vivir en amistad con los vecinos, con los que nos rodean. La paz, la armonía, la cordialidad, la buena convivencia entre familiares, parientes, amigos, actúan como infalibles remedios que curan y aligeran.

Resulta estupendo saberse rodeado y acompañado de personas justas, buenas, equilibradas, que han eliminado la mentira y el falso testimonio, el chisme, el rumor, la envidia. Todos necesitamos relacionarnos con seres humanos afables, dispuestos siempre a practicar el bien y evitar el mal. Es bueno convivir con tales personas.

Parece que la prisa nerviosa y el molesto “stress” disminuyen notablemente las defensas del organismo contra la enfermedad, ya que médicos especialistas en oncología, han dicho: “La depresión y el cáncer están relacionados”.

La tristeza, la congoja, el sentimiento negativo, la situación de pesimismo, la desesperanza crónica, el sentir desmesuradas ambiciones, puede llevarnos a un daño corporal y espiritual irreparable. Nos conducen a la ruina como seres humanos.

Necesitamos convencernos de que es más necesaria la paz interior que todos los objetos e incentivos de una sociedad tan materialista como la nuestra. Podemos superar la tristeza, la aflicción, prestando un servicio, aliviando una pena, secando una lágrima, curando una herida, poniendo una mesa o compartiendo, aunque sea, una soledad.

Cuando en nuestras relaciones sociales se aprecian fricciones, malos modos, enfados, egresiones, lo único que logramos es aumentar la intranquilidad y el desasosiego, con las lógicas consecuencias de falta de salud y de paz.

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Quienes viven en la agresión verbal o se irritan por un desaire, por una falta de atención o andan resentidos, malhumorados, rabiosos, se perjudican a sí mismos y hacen la vida imposible a quienes se acercan a ellos.

Es falsa la paz que nace del egoísmo y de la insolidaridad, cuando el individuo se siente seguro, sin conflictos, aunque el resto de la sociedad padezca una situación conflictiva. No es buena la paz fundamentada sobre la injusticia, la opresión, la fuerza o el miedo.

Creemos que se va haciendo necesaria la amigable convivencia en nuestras relaciones humanas ya que la vida tiene que ser una experiencia de felicidad. Más urgente que parar las guerras o detener los tanques, es extraer el odio o la agresividad de los corazones. De poco sirve que se callen las armas si siguen encendidas las brasas de la violencia en las personas. El amor es más fuerte que el dolor y que la muerte. La tolerancia y la convivencia pueden más que el odio y las pasiones desbordantes.