Aníbal Arevalo

El culto a la personalidad

Buscan ganarse la admiración de la manera más barata, para ello acuden a maniobras de diferente tipo, como adjudicarse éxitos ajenos o que les digan gracias en público; una reverencia o un elogio es bienvenido siempre y cuando produzca eco. Se los encuentra por todo lado, se las saben todas y les gusta que los inviten a todo tipo de eventos. Estos personajes tienen poco que aportarle a la sociedad, antes, por el contrario, envían un mal mensaje con su mal ejemplo. En una sociedad plagada de atajos, actuar de manera honrada es sinónimo de ser tonto.

Este prototipo es muy característico en buena parte de los líderes políticos. Para visibilizarse llevan acompañantes que les elogian por actuaciones que quizá nunca las tuvieron; en algunos casos les adjudican poderes proverbiales, tienen a su alrededor una cofradía que les rinde reverencias que los muestran como dioses, así a cuestas lleven cualquier tipo de crímenes o hayan pagado el voto para llegar a los nichos del poder.

Son pobres en la argumentación: cuando se requiere que asuman su propio criterio, desvían el verdadero propósito con retóricas que no aportan al verdadero avance de la construcción del tejido social: solo repiten y repiten algo que ya lo tienen memorizado. Y esa es la tabla de salvación para todo momento, solo que aprendieron a darle un poco de fogosidad al discurso con el cual enardecen a los concurrentes.

Abstrayendo el recordado tratado de política de Nicolás Maquiavelo, mencionó en uno de sus apartes: “al Príncipe no le sirven los aduladores, sino los que le dicen la verdad”, teniendo en cuenta que los aduladores lo pueden inducir al error, mientras que los que le dicen la verdad pueden ser certeros, aunque puedan resultar incómodos.

En el caso del culto a la personalidad afloran los aduladores, que no conocen el fondo de las cosas porque no se han atrevido a auscultar, o, simplemente, lo quieren ignorar para no generar incomodidades con quien es venerado con devoción cuasi religiosa. Esto se ha visto a través de la historia en las dictaduras más crueles y genocidas como en la de Franco en España, Mussolini en Italia, Stalin en la antigua Unión Soviética, Mao Zedong en la China; debemos decirlo que todas estas se caracterizaron por ser unos regímenes sanguinarios.

Todos estos líderes basaron su poder en el exterminio de quien se atreviera a disentir del régimen de terror en el que les tocó vivir. Además, sus discursos no eran más que apología a su personalidad y al sometimiento en nombre de la libertad como bandera y la teoría del enemigo interno. El culto a la personalidad se complementaba con canciones y homenajes, como la celebración de los cumpleaños del tirano.

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Asimismo, se erigen estatuas, en vida o póstumas, se imponen retratos del caudillo en todas las instituciones públicas, en las escuelas para recordar que hay un solo señor que es su salvador y que el único camino de salvación es el que su líder les indica.  Nada tan desproporcionado como el conjunto monumental en Pionyang, Corea del Norte, con 229 esculturas, en las que sobresalen las estatuas del fundador de corea del Norte, Kim Il-sung, y su hijo Kim Jong-il, con 20 metros de altura.

El culto a la personalidad se legitima en las viejas dictaduras de Europa hasta las de América Latina, en donde utilizaron como bandera la libertad, la democracia y la salvación del castrochavismo en una repetición de la repetidera que a la gente le meten el cuento para generar miedo y borrar los actos de corrupción que pasan a un segundo plano, porque la orquestación sucede con la difamación que se le hace con el mínimo error al enemigo interno o externo.

En otros términos, el culto a la personalidad se evidencia en la actualidad en las redes sociales, en donde se descargan de toda trivialidad que no conduce sino a ostentar una sociedad superflua en la permanente búsqueda de fórmulas mágicas de transformarlo todo en el bien instantáneo, sin procedimiento alguno ni ciencia que lo fundamente. El culto a la personalidad desde las más terribles dictaduras pasó a ser un márquetin de lo político y cuanto cachivache se le antoja producir al ser humano para alienar al consumidor distraído.