RICARDO SARASTY

Pinochet, Montoya y el deber cumplido

Se cumplen por estos días 50 años del asalto militar a El Palacio De La Moneda, sede del gobierno en Chile, el propósito cumplido por demás fue sacar de la presidencia al gobernante elegido por la vía electoral, Salvador Allende.

Quien había llegado para recuperar para los chilenos ese país al que poco a poco la clase dirigente que hasta entonces lo había administrado, lo había entregado a las multinacionales para que se apropiaran de sus riquezas, usufrutuaran del trabajo de los y las chilenas, generaran riqueza para los socios de las multinacionales y la clase política chilena aliada, para quienes Salvador Allende ejerciendo como presidente se convirtió en obstáculo y enemigo por lo que no debía mantenerse en el gobierno puesto que significaba el fin de sus ambiciones.

No otro motivo condujo a que se planeara con participación del gobierno de los Estados Unidos el defenestración del médico que había prometido devolverle al pueblo chileno su soberanía y con ella su dignidad. Lo otro, aquello de la defensa de la democracia y de las libertades individuales, de impedir que el comunismo perverso se apropiara de Chile, no fue sino un mito más creado para justificar todo el horror que le siguió al día 11 de septiembre de 1973.

Lo que vino después del golpe de estado no fue sino el plan para consolidar la dictadura de Pinochet y la presencia de los militares en todas las esferas del gobierno. Lograr que el pueblo chileno se amedrentara ante los nuevos mandamás y la ,amera más eficaz de lograrlo fue la de acabar físicamente con aquellas personas señaladas de ser copartidarias o simpatizantes del comunismo y de paso generar el miedo en el resto de la población para que no se incomodaran ni dijeran nada ante los abusos de poder y el saqueo, cometidos por los militares convertidos en amos y señores al frente del Estado.

Poderosos respaldados por esa clase oligarca que continuo rifando el país a las multinacionales en el marco de un modelo económico consistente en convertir al Estado en simple administrador de la riqueza en manos de los banqueros, los grandes industriales y comerciantes que vieron crecer sus ganancias en 15 años, sin que les importara, ni un poquito, las desaparición de  lideres estudiantiles de sus universidades,  los juicios sumariales a los que, una vez detenidos, fueron sometidos y mucho menos, o sea nada, la manera como, en obediencia gobierno, fueron ejecutados.

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Hoy se sabe que a cientos de presos políticos los sacaron de sus celdas, los montaron en helicópteros para ser llevados hasta mar adentro y ahí ser tirados vivos amarrados a pedazos de rieles. Los que fueron desaparecidos de esta forma encontraron en le desierto  de Atacama sus tumbas después de pasar por largas horas de todo tipo de torturas.

Precisamente por estos días, después de 50 años de su ajusticiamiento por ser defensor del gobierno de Allende, se oye como noticia, que los militares que participaron en la tortura y muerte del Cantante y compositor Vitor Jara fueron encontrados culpables y condenados por la justicia chilena, dirán algunos que esta es una demostración de que la justicia cojea pero llega, pero sería mejor decir con franqueza de que este insuceso no es sino demostración que la mejor manera de disimularla injusticia porque su aplicación tardía  se asemeja más a una burla más para las víctimas.

Aparte de estos condenados ¿cuantos más de los generales y subalternos fueron llamados a responder ante la justicia por sus crímenes? Allá como aquí no ha sido fácil sentar en el banco de los acusados a la clase militar, hasta de pronto los chorros de sangre bebidos de sus victimas los convierten en inmunes ante la justicia.