POR: P. NARCISO OBANDO
La corrupción es un fenómeno que causa pobreza, obstaculiza el desarrollo y hace huir la inversión. También debilita los sistemas judiciales y políticos que tendrían que estar al servicio del bien público. No es sorprendente, pues, que, a medida que se menoscaba el imperio de le ley y se hace caso omiso de la voz del pueblo, disminuya la confianza de los ciudadanos en los funcionarios gubernamentales y las instituciones oficiales. Las sociedades corruptas privan a sus ciudadanos no solo de la comida, sino también de la educación y la atención médica. Son una continua pesadilla.
El Papa reitera que la corrupción “apesta”, “hace que se pudra el alma” y por eso quienes son partícipes de estos actos tienen las manos sucias de dinero y en algunos casos hasta manchadas de sangre.
Considero que los colombianos llevamos décadas poniendo nuestra atención en el lugar equivocado. Nos hemos contado y creído la historia que la corrupción está tan profundamente arraigada que prácticamente nada ni nadie puede acabar con ella.
Hemos comprado la idea que somos incapaces de erradicar un mal que ha gangrenado instituciones públicas y privadas. Primero, porque vivimos en un país sin consecuencias, sin memoria, donde pasa de todo (desde grave a muy grave) y al mismo tiempo es como sino pasara nada.
Porque sabiendo de qué tamaño son las mentiras, los fraudes, los negocios multimillonarios que mueven los gobernantes de turno junto a sus familiares y círculos cercanos, los empresarios, etc., pocos, muy pocos se atreven a denunciar y a tratar de cambiar. Quienes tienen el poder utilizan la ley y a las instituciones encargadas de impartir justicia a su favor.
Un país no llega al nivel de corrupción que tiene Colombia sin que miles, incluso millones, de ciudadanos sean cómplices, ya sea con su silencio, su omisión, o su participación activa dentro de esta cadena interminable.
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Allí donde está presente la corrupción, este azote abarca a funcionarios públicos en todos los niveles jerárquicos, hombres de negocios y particulares, que cometen actos ilícitos como la malversación de fondos públicos, el tráfico de influencias, el soborno y el cohecho. Algunos ejemplos escandalosos son los funcionarios públicos que roban miles de millones de las arcas de su país y las empresas multinacionales que pagan jugosos sobornos para obtener contratos públicos lucrativos.
Abramos los ojos de una vez por todas. Llevamos décadas de malos ratos por tener nuestra atención en el lugar equivocado, por elegir a quienes lejos de combatir, han tapado con más mentiras un sistema donde cada vez serán más los agujeros por donde terminará de hundirse. Ya aprendimos con mucho dolor que la corrupción mata. ¿Hasta cuándo?

