Miguel Hernandez

MAYO MES DE MARÍA

POR: MIGUEL HERNÁNDEZ

Cuando en vida nuestra abuela nos obligaba a rezarle a la Virgen María pasando de pe a pa sin olvidar ni una sola sílaba del catecismo mariano, pero con toda la bondad y ternura que solo ella lo hacía, era hermoso ver aún más una tierna señora pasada los 80 años, todo lo hacía de memoria ya que mucho tiempo atrás perdió totalmente la visión y eso la hacía ver más grande su amor a la Santísima Virgen, sus cantos y sus oraciones todavía en estos días la recordamos como de memoria a una venerable abuela materna.

Sobre todo, mis hermanos mayores aún se acuerdan la manera de tomar el libro de rezos, la forma de persignarse y de acomodarse para iniciar el rezo de casi todos los días a la madre santísima. Mis hermanos mayores siempre corrían a sus brazos después de un fuerte regaño o castigo de nuestro padre, ella era la salvación porque tenía en su jardín un inmenso boticario de plantas ornamentales a su disposición para curar de todas las enfermedades.

Ella vivía muy cerca de nuestro pueblo en una loma rodeada de eucaliptos, pinos y de arrayanes, donde se alcanzaba a ver si ella estaba en la casa o haciendo sus quehaceres diarios, ella tenía solución a todo y hoy que han pasado muchos años me doy cuenta que la felicidad de la vida no está en una lujosa mansión con grandes jardines y custodiada con unos enormes perros, sino que estar al lado más preciado de la vida, era nuestra abuela.

Llegaba el mes de mayo y los rezos se triplicaban todos los días y era común verla corriendo desde su casa a la iglesia de nuestro pueblo y de regreso hasta su casa y en otras ocasiones iba hasta donde los vecinos llevando las oraciones de María, lo hacía con toda la devoción, sobre todo donde las enfermedades y los achaques como decía ella atacaban, sus oraciones ayudaban a dar esperanza de salvación y de sanación.

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Desafortunadamente no pudimos verla nunca más desde el día que partió de nuestra ciudad para nunca jamás volver, su ceguera impidió dar su opinión tal vez de quedarse, o por estar al lado de su primogénito hijo, el mayor de todos el cual debía de hacerse a cargo de una anciana cargada de muchos años y de rezos, cantos a la Virgen Santísima, no tuvimos tiempo de despedirnos pues su partida fue tal vez en la noche hasta una remota localidad del vecino departamento del Putumayo.

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No tuvimos tiempo para visitarla ni mucho menos para llevarle unas flores sobre su tumba, de tantos sobrinos y nietos ninguno trajo noticias de ella en sus últimos días siguientes de su deceso, cuando fuimos a traer los últimos restos de nuestra abuela, ya no quedó nada sobre la tierra, sus restos se esfumaron sobre la maleza de la espesa selva, o talvez María se acordó que había una vez una viejecita que le rezó tanto y tantos años y hoy tan solo quede el hermoso recuerdo de nuestra querida abuela materna.