ANGIE CAROLINA SOLARTE

De cómo la pelota sí se mancha (con discriminación)

Por: Angie Carolina Eraso Jaramillo

Por años, he sentido un fervor y un afán por escudriñar en las causas de género, he intentado deconstruirme intensamente y aunque es una lucha ardua, que requiere minuciosos e insistentes pasos, he percibido que no estoy sola en el proceso, por tanto, no puedo desconocer los avances que muchas otras mujeres nos permiten disfrutar, por ejemplo, hoy, que estoy escribiendo esto gracias a que una o muchas murieron para que pudiera hacerlo sin correr la misma suerte. Con mayor razón entonces, he de gritar sin pasar desapercibidas las cosas que aún resultan poco visibles.

Por eso, sin temor a equivocarme, he de decir que el fútbol es un escenario lleno de quiebres. Siendo el deporte más conocido y llamativo, además de involucrar un sinfín de sentimientos,  sensaciones y esfuerzos, como toda cuestión que alcanza topes indescriptibles desde cualquier arista, no es ajeno a situaciones embarazosas, infames e indescriptibles. Durante décadas, se ha visto al fútbol como un deporte de hombres y las mujeres que optaron por este como su vida y trabajo, han denunciado las condiciones de desigualdad y discriminación dentro de él, pues no sólo se trata de la imagen masculina que se le ha dado, sino de todo lo que conlleva: disparidad salarial, falta de oportunidades, acoso, lesbofobia y poco o nulo apoyo institucional y económico.

¿Acaso ser mujeres es un suplicio que ni siquiera jugando el deporte que une al mundo, se deja de cargar?

Pese a que las vemos jugando y nos emociona verlas ocupar los mismos espacios que los hombres se han tomado como propios en este contexto deportivo, falta un camino muy extenso hacia la libertad y la emancipación. Pues si bien tienen el mismo uniforme, no sé les da la misma relevancia. Basta con ver cómo promocionan los partidos, pues dicen: «DOBLETE. Con una entrada ingresa a dos eventos». Al parecer, es la única manera actual de que el fútbol femenino sea visto y presenciado, pues representar a un equipo y poder trabajar y vivir dignamente de ello, no es una realidad.

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Por ejemplo, el domingo pasado, comenzando el mes de mayo, las jugadoras del América de Cali, marcaron 5 goles (igual que los hombres) y aunque no soy una conocedora del juego, reconocí en el campo y en las expresiones de la gente que hicieron maravillosas jugadas, lucharon minuto a minuto. Cuando las ví jugar, sólo se me ocurrió preguntar por sus ganancias y las cifras que encontré en los informes oficiales son ínfimas. ¿Por qué una jugadora  no tiene derecho a construir un proyecto vital sin discriminación?  ¿Por qué someterlas a la precariedad,  concentraciones paralelas con cobros para poder asistir y salarios que no corresponden ni a una tercera parte de las cifras de los jugadores de la misma selección masculina? ¿Por qué muchas deben luchar por sus sueños con informalidad, viajando sin seguros, sin contratos laborales y asumiendo sus gastos de manutención?

¿Acaso ser mujeres es un suplicio que ni siquiera jugando el deporte que une al mundo, se deja de cargar?

Que la fiebre no nos enceguezca y que reconozcamos que el juego sólo es bonito sin discriminación.