Jonathan Alexander Espana Eraso

Las acuarelas de Álvaro Pantoja

Por: Jonathan Alexander España Eraso

En el arte los inicios nos posicionan en lo que la mirada abandona. Esta percepción implica que la imaginación del pintor se convierte en la blancura que fragmenta el espejo donde nos reflejamos. Lo que en este punto se manifiesta es más que trascendencia: El trazo que enraíza la representación señala la fuga. Frente a esto, el filósofo francés Jean-Luc Nancy en su libro «Las Musas», refiere que: «(…) Esta fascinación no se detiene sobre la imagen, sino para dejar venir la apariencia sin fondo, la aperturidad (apérité), la semejanza sin original, e incluso, el origen mismo en tanto que monstruo y mostración sin fin (…) El ‘arte’ (…) atraviesa, como un único gesto inmóvil, los veinticinco mil años del animal monstrans, del animal monstrum».

En la pluralidad de las artes el mundo se escribe y borra. Gracias a su animalidad original se extiende un umbral que nos devuelve la inquietud. En esa perspectiva, lo artístico se proyecta en el signo de lo intermitente que estremece moradas y colores.

Lo que arriba, la creación y su cauce, en palabras de Maurice Blanchot, expone, al igual que la escritura, «una donación en pura pérdida», que toca en los límites de sí la conjunción del sentido. En esta dimensión singular de lo estético, se abre paso el pensamiento, una resonancia externa de la que brota el instante en el que la entraña germinal es el destello en el ojo del espectador.

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En las acuarelas del pintor pastuso Álvaro Pantoja, la vivencia de lo evidente diluye el artificio y se convierte en un relato de los elementos que disloca la memoria. La edad del arte en la mano del artista se convierte en la gruta y su levantamiento.    

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Pantoja logra, en la presencia de lo inacabado, en la intensidad de la partición, que el ritmo y la matriz del trazoinauguren las formas como efecto de lo que el fuego junta en la trama de la materia. Las texturas y las imágenes salen las unas de las otras, se prolongan en lo que se hace raíz, se rompen en el silencio cromático que no es sino el alumbramiento de la espera.

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Cada acuarela de Pantoja, urdida en el trasegar de las manos, vierte la hondura que se arranca del todo. En el hoy, su lengua de faro es el tiempo de las imágenes que, a pesar de lo perdido, siempre está llegando entre los vestigios de lo que nos abrasa.