Por: Jonathan Alexander España Eraso
En nuestro presente, asumir a Nariño desde una crisis silenciosa es un viaje por lo que nos acontece, una representación de lo humano a través de las dificultades. Esta visión cimienta su propio lenguaje y se impregna de un estar que no deja de ser y hacerse en el mundo. En esa medida, la crisis es apertura que devela lo propio de nosotros, los nariñenses.
Precisamente se asume un abanico de sentidos donde se forja un encuentro entre el tiempo de la crisis actual y el tiempo que vivimos. Visto lo dicho, Nariño se dimensiona como un departamento cimentado en las crisis y en las diferencias. Al final, se sabe que se tiene que dar con lo que tanto se necesita: el acogimiento.
Lo que propongo es que, en la crisis actual de Nariño, se ponen de manifiesto nuevas direcciones en las que se genera un compromiso con el otro teniendo en cuenta una responsabilidad compartida desde lo que la filósofa estadounidense Martha Nussbaun esboza como «la capacidad de imaginar con compasión las dificultades del prójimo» y «la facultad de imaginar la experiencia del otro», para que, entre la duda y la extrañeza, las tensiones no sean sino el origen de lo que llega.
«En la crisis actual de Nariño, se ponen de manifiesto nuevas direcciones en las que se genera un compromiso con el otro teniendo en cuenta una responsabilidad compartida».
La crisis que vivimos toca la existencia: la toca en la contradicción, la toca en lo que se vive, como una gracia que no depende enteramente del dominio de lo político. Ahí el prójimo hilvana una ética que es el escenario de lo social que, a la vez, se dona en la tarea que nos ayuda a nombrar la región.
Inaugurar la experiencia del otro como todo inicio, como toda emergencia, más allá de los discursos dominantes, implica idear una política de lo social que obliga a repensar nuestras realidades y, de paso, configura lo inédito que se anuncia por venir. Lo anterior, se debe viabilizar al romper los lazos que, según el escritor Pascal Quignard, nos «fueron impuestos en el terror obediente, familiar, social, impersonal y mudo de los primeros años», para hacer experiencia de la salida en constante cambio.
Es necesario idear modelos de acción social que se posibiliten a través de la crisis y que tengan lugar en la manifestación del conflicto, para que se articule la hospitalidad y el reconocimiento en tanto formas de comunicación potenciadoras de diferentes modos de convivencia, sin renunciar a buscar alternativas de mundos mejores en los que perduran, gracias a lo posible, lo que queremos ser.
De esta manera, se dispone un accionar desde una política social que asume el reto de acompañar mientras se actúa, lo que significa que el apoyar tiene que ver también con lo que se ha vivido a nivel histórico bajo una perspectiva atenta al espacio del otro que es siempre acontecer de uno mismo. Aquí la crisis debe provocar una reflexión sobre cómo obramos, sin más obligación que habitar la felicidad y la diferencia en la invención incesante de la comunidad.
Correo electrónico: thomasbernhard1@hotmail.com

