RICARDO SARASTY

5 AÑOS DESPUÉS

Por: Ricardo Sarasty

Corrían los días del mes de marzo de aquel año 2020, todo iba bien o, para no parecer mentiroso por exagerar, es mejor decir que todo era normal, si normalidad se entiende el que todo obedezca a las mismas rutinas. Aunque las noticias que llegaban de la China daban a conocer sobre lo acontecido en una de sus ciudades, Bujan, para ser más exactos en los alrededores de uno de esos mercados en los que se comercian especies vivas de animales de mar. Bujan hasta ese entonces no era una palabra de común uso entre los habitantes de este lado del mundo, aunque como toponímico comenzó a identificar sobre el mapamundi al sitio en donde un extraño virus causaba estragos entre sus habitantes. Sin embargo, quizá por ubicarse geográficamente en un punto tan lejano, a pocos se les ocurriría pensar en la posibilidad de un contagio inmediato y menos en la proximidad de la muerte andando a zancadas. Tan así que en un abrir y cerrar de ojos ese virus, al que no tardaron los científicos en darle nombre propio “COVI 19” cuyos efectos en el organismo eran devastadores, estuvo entre nosotros. Es que no advertimos que en pleno siglo XXI las distancias terrestres son solo una distracción, en tanto que hoy las nuevas tecnologías y el desarrollo de la técnica acortan caminos, nos aproximan de un momento a otro y hasta dan para creer que cualquier forma de separación ahora mismo es imposible. Por lo que, como bien lo recordaba el taxista, no fue sino apagar el televisor y volverlo aprender al otro día para comenzar a ver esas escenas, propias tan solo de películas referidas a los años antiquísimos de las pestes en Europa y Asia, apreciadas como parte de un relato ficticio, aunque basado en la historia.  

¿Habían llegado o habíamos llegado a los tiempos de la pandemia? Un suceso impensado que hasta esos días no tuvo ningún sensato, paradójicamente, vivir ni como supuesto. Pues las únicas amenazas que de pronto despertaban los temores ante la posibilidad de fallecer tras un siniestro, entonces eran ya conocidas aunque nunca se había tomado en serio cualquier advertencia frente al peligro que representaron y aun representan, así el pasado lejano e inmediato nos recordara poblados convertidos en ruinas después de un terremoto, del desmadre de una quebrada cuyas aguas represadas rio arriba pasaron llevando en su cauce todo lo encontrado a su paso o aquellas aldeas sepultadas enteras por la lava del volcán en erupción. Por igual razón pensar en la posibilidad que un virus pudiera causar el desastre que en efecto causó era inimaginable, como parte de la realidad, así como sucedió. Por lo que pasado los 5 años aún es difícil de aceptar que en pleno siglo XXI  las nuevas formas de comunicación hayan servido para informarnos, en el momento, sobre el numero de muertos que no se contaban por decenas diarias sino por cientos, que a través de esos mismos medios debiéramos asistir, casi en el sitio, a ver imágenes de cadáveres tendidos a lo largo y ancho de las calles de las grandes capitales del mundo, de hileras de contagiados por la cepa, regados en cualquier rincón casi unos encimas de los otros en los hospitales, a la vez que las  ciudades grandes y pequeñas se vaciaban hasta convertirse en fantasmales, con todas las puertas y ventanas cerradas. 

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Lo sorprendente ahora es que al final de todo, porque nada dura para siempre, los sobrevivientes sin importarnos que hubiésemos tenido que llorar la ausencia de un familiar o del amigo querido, a la vez que nos alegramos al encontrarnos vivos, dudamos de que haya sido verdad el virus e insistimos en desconfiar de la ciencia para creer solo en castigos y milagros divinos.  ricardosarasty2@hotmail.com