Cada 21 de febrero se conmemora el Día Internacional de las Lengua Materna, que en este 2026 cumple 26 años desde que se constituyó como una fecha en el calendario que pretende visibilizar y promover las lenguas que se resisten a desaparecer del mapa de Colombia y del resto de países del globo.

Cientos de millones de personas o unos pocos miles de hablantes nativos, conectan a las personas y están inseparablemente unidos a las diferentes culturas. Sin embargo, según una estimación de la UNESCO, cada dos semanas desaparece una lengua en el mundo, una pérdida irreparable para nuestro patrimonio cultural colectivo. En ese contexto, la forma de hablar con la que alguien creció adquiere un nuevo significado: más que una herramienta de comunicación, se convierte en un vínculo con la identidad, la memoria y la historia personal, incluso cuando la vida cotidiana ocurre en otra lengua.

Un estudio realizado por Preply, laaplicación de aprendizaje de idiomas online,exploró cómo la lengua materna influye en la identidad y el sentido de pertenencia. Los resultados muestran que el 77% de las personas considera que su idioma nativo es esencial para sentirse ellas mismas, incluso cuando utilizan otros idiomas como una forma de comunicarse de manera cotidiana.
Esta investigación, se basó en una encuesta realizada a 3,608 personas de seis países, incluyendo población migrante y local, confirma una realidad cada vez más visible: aprender nuevas lenguas no sustituye la que se adquirió en la infancia.

Por eso este 21 de febrero, Día Internacional de la Lengua Materna, nos invita a parar y reflexionar sobre algo muy personal: el primer idioma que aprendimos a hablar.
Incluso en un mundo multilingüe, esta investigación muestra que la lengua materna sigue teniendo un poderoso papel en la forma en que las personas se entienden a sí mismas, conectan con los demás y mantienen el sentimiento de pertenencia.

Interactuar en un día a día con otro idioma, sí cambia la relación con el que se aprendió en casa, pero no lo borra. Entre personas migrantes, poco más de la mitad asegura que todavía piensa o se habla internamente en su lengua de origen, mientras que cerca de cuatro de cada diez usa principalmente la del país donde vive. La adaptación ocurre, pero el primer idioma suele mantenerse como una referencia emocional y personal.

Escuchar o usar la lengua materna, puede evocar recuerdos, alivio y una sensación de conexión con el pasado, incluso cuando la vida diaria transcurre en otra. Emociones como la nostalgia, el afecto y el apego tienden a hacerse más presentes entre quienes viven fuera de su país, mientras que la sensación de comodidad puede ser menor frente a quienes permanecen en su entorno original.
El entorno familiar es otro espacio donde el idioma materno mantiene un papel central. Entre padres migrantes con hijos, 85% considera importante que los niños mantengan su lengua de origen mientras aprenden la del país donde viven, lo que refleja que el idioma no solo cumple una función práctica, sino también emocional y cultural.
Para quienes crecieron con más de una lengua, los resultados muestran que la identidad no se divide, sino que se comparte. Tres cuartas partes de las personas con más de una lengua nativa reportan una conexión similar con todas ellas, lo que sugiere que vivir entre idiomas no diluye quiénes somos, sino que añade nuevas formas de expresión. Sin embargo, incluso entre quienes usan varios de manera frecuente, el primero suele mantenerse como el más representativo.
En un contexto donde cada vez más personas estudian, trabajan o viven fuera de su lugar de origen, los resultados apuntan a una idea clara: aprender nuevos idiomas no sustituye al primero. La lengua con la que una persona creció sigue funcionando como un vínculo con la historia personal, la familia y el sentido de pertenencia, incluso cuando la vida transcurre en otra lengua.




