Por: Javier Recalde
El año 2026 abre con Colombia en una encrucijada histórica. Por un lado, una polarización que amenaza con dividir no solo las urnas, sino también el tejido social; por otro, una diversidad de voces y candidatos que, en teoría, debería enriquecer el debate democrático, pero que en la práctica corre el riesgo de fragmentarlo hasta la incoherencia. En este escenario, la política no solo se juega en las calles, los medios o los mítines, sino también en los delicados equilibrios internacionales que definen nuestra soberanía.
La influencia de Estados Unidos potencia hegemónica en la región, ha sido constante, pero hoy adquiere una dimensión más preocupante. No se trata ya de cooperación o alianzas estratégicas, sino de una injerencia sutil, a veces disfrazada de “apoyo democrático”, que condiciona decisiones internas y orienta agendas. Colombia, históricamente aliado fiel, debe replantear su autonomía política y blindar los limites desde los principios de la diplomacia. Respetar la soberanía de los pueblos no es un gesto protocolario; es la columna vertebral de una nación que aspira a decidir su futuro sin tutelas externas.
En este marco, la crisis venezolana sigue siendo una prueba de fuego para la diplomacia colombiana. La tentación de alinearse con posturas radicales, impulsadas desde Washington o desde narrativas mediáticas polarizantes, solo profundiza la desconfianza regional. Colombia debe reafirmar un principio básico del derecho internacional: la no intervención. La prudencia diplomática no es cobardía; es inteligencia estratégica. Lo que Venezuela necesita no son sermones ni sanciones, sino vecinos dispuestos al diálogo, a la cooperación y al respeto mutuo.
Pero el mayor desafío no está afuera, sino dentro. El último cuatrienio deja una sensación de decepción: promesas incumplidas e incertidumbres para el aparato productivo. El actual gobierno del presidente Gustavo Petro hablo de unidad nacional pero lo que se percibió es que gobierna para sus bases más radicales, y alrededor se suma una clase política que ha vaciado de contenido la palabra “cambio”. En 2026, los ciudadanos exigirán más que consignas: exigirán coherencia, honestidad y propuestas concretas. No basta con criticar al adversario; hay que ofrecer un camino creíble, lejos de la polarización.
La democracia no se salva con votos, sino con actitudes. Con líderes que no instrumentalicen el miedo, sino que construyan puentes. Con candidatos que entiendan que gobernar no es imponer, sino escuchar y mucho menos fraguar alianzas con beneficios particulares. Y con una ciudadanía que exija responsabilidad, empezando por elegir a conciencia. Hay muy buenos candidatos solo miremos los que realmente necesita Colombia.
Nuestro país tiene la oportunidad de demostrar que, pese a la polarización, es posible tejer un relato común. Pero para ello, debemos recuperar lo esencial: la confianza. Sin ella, ninguna elección será legítima, ninguna alianza duradera y ninguna política efectiva. El reto de 2026 no es elegir un presidente o unos congresistas, sino reafirmar el país que queremos ser.
Por: Javier Recalde Martínez.

