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San Juan de Pasto, mayo 02 de 2008

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¡Que no se vea tanto la pobreza en el Concejo de Pasto!
Jorge Hernando Carvajal Pérez

Es cierto que estamos en época de austeridad, ¡ni más faltaba!, pero ¿es necesario que se vea tanto la pobreza?
El tema viene a cuento, como dicen las señoras, por el recinto y el mobiliario del honorable Concejo de Pasto, que no son precisamente un dechado de modernidad ni mucho menos. Su ambiente se me antoja a la sala de espera de una dentistería de algún olvidado municipio de la Costa Pacífica nariñense, con sus gradas y pisos de madera que crujen de manera inquietante al paso de los concejales y visitantes.
En estos días el maestro Buchón, quien siempre deja su bicicleta al cuidado de los dos amables agentes de la Policía que están siempre a la entrada, me dijo que siente un terror ancestral cada vez que empieza a subir las gradas rumbo al segundo piso, puesto que no sólo le parece estar en una casa llena de fantasmas, sino que teme que en cualquier momento la madera se desfonde y deje viuda a Eva Cuarán. Para evitar esa clase de accidentes se sabe que el presidente del Concejo, Jorge Eduardo Ortiz, les ha recomendado a sus colegas que hagan dieta para bajar unos kilitos y evitar de esta manera que un día de estos una sesión en pleno vaya a caer sobre la cabeza de los abnegados agentes de la Policía que se encuentran en recepción.
Ya arriba la situación no es mejor, puesto que el mobiliario para recibir a los visitantes se está cayendo de lo viejo. Hay quienes dicen al respecto que en el sofá al que se le están saliendo las tripas, reposó en una época la humanidad del entonces joven concejal Arcesio Sánchez Ojeda, lo que daría una idea de su antigüedad. Lo mismo se puede decir de los escritorios de las pobres secretarias, que lucirían mejor en un museo (los muebles, no ellas).
Tampoco en la sala de sesiones mejora la cosa. Los concejales, con Diego Baca a la cabeza, se quejan de que las sillas son tan viejas que cuando se sientan se hunden y, a duras penas, se les alcanza a ver la cabeza, por lo que quedan ni más ni menos como tortugas en su caparazón. El único que no se quejó fue Nicolás Toro, quien lleva tantos años con la suya que ya se encuentra acostumbrado a toda clase de incomodidades.
¡Y qué decir de los funcionarios citados a las sesiones! A algunos les encantan esas sillas viejas, puesto que quedan prácticamente ocultos, lo cual es muy conveniente cuando los señores concejales les están cantando la tabla.
La cuestión ahora es que los concejales tienen la esperanza de que con la adición presupuestal de 20 mil millones de pesos se les compre muebles nuevos y al menos, mientras se cambian de sede, como se les tiene prometido, se refuerce el piso para prevenir una caída masiva, como sucede ahora en el Congreso de la República.
Para que esto se convierta en una feliz realidad todos están encomendados a los santos de su devoción, pero se afirma que será San Eduardo quien diga la última palabra.

TRAGACANTO
Mucho corazón

Cuando se invita a entonar las estrofas del himno nacional todos los concurrentes al acto para el cual han sido invitados ponen la mano sobre el pecho, más exactamente ahí donde con mejor claridad se escuchan los latidos del corazón. Esta actitud que debe entenderse como un gesto de respeto, pero también de pasión o de respeto apasionado y, por qué no, de una pasión respetable, además es una muestra del importante significado que para los colombianos tiene este músculo cuando de demostraciones sentimentales se trata. Ahí está para ejemplo ese nuevo logotipo contratado por la presente administración nacional para vender la imagen de Colombia en el exterior y posicionarla en los diferentes mercados con la frase "Colombia es pasión".
No obstante, existe un no sé qué que no permite creer de manera total en lo acertado de esa frase y menos aún en el real valor del corazón como símbolo de la calidad humana. Por lo pronto en Colombia existe una duda que asalta la razón en el preciso momento de aceptar una definición más de lo que es este país cuando se lo valora desde su contexto social.
La duda se encuentra allí, precisamente donde debería darse pie a la convicción, en donde se halla el vacío generador de la duda; ahí, en la falta de consecuencia entre la forma de ser aquí y ahora, y la otra manera de presentarse después; en la escasez de congruencia entre lo que se dijo ante un grupo de personas y lo que se dice o se dirá en medio de otros en obediencia a lo conveniente y nunca al criterio, cuando existen criterios como respaldo de los hechos.
El desprecio por los saberes, que para muchos es una señal de inteligencia, es otra razón por la cual se puede afirmar que en el pecho de más de un colombiano no late un corazón henchido de amor sino un corazón hinchado por la pasión y es la hinchazón la causa de su tamaño descomunal, una señal por demás patológica ante la cual se debería reaccionar con suma preocupación y urgencia.
Fieles a la herencia judeocristiana, un grupo grande de colombianos está convencido de su misericordia y más aún contempla seguro, afianzado en lo que ellos llaman misericordia, la ruta que los acerca un poco más cada día a la eterna morada cerca de su Dios.
Sin embargo asalta la curiosidad por saber de verdad ¿cuánta misericordia cabe en ese corazón grandote donde también almacenan orgullo y ese orgullo es mucho más? Siete mil niños sin hogar en los albergues del Icbf, 3 mil niños ubicados en casas de familia explotados en labores de servidumbre, niños que pululan en las ciudades que parecen vomitarlos en las esquinas de los semáforos o en medio de las avenidas y en los parques para que se prostituyan y delincan sumidos en el consumo de sustancias inhalantes como el bóxer y psicotrópicas como la marihuana y el bazuco; niños que son vistos desde el interior de los automóviles por esos colombianos misericordiosos que ante tanto drama se declaran impotentes de poder soportarlo unos minutos más frente a sus ojos y entonces deciden abonar en la cuenta que les garantiza el cielo la monedita de 100 que con una mezcla de recelo y miedo deciden poner en la mano sucia del niño que debería reflejar en su imagen derruida la verdadera faz de aquel que riega azúcar seguro de que con ella no acaba con las moscas sino que a demás de mantenerlas ayuda para que se reproduzcan.
¿Qué sería del misericordioso sin los mendigos? ¿Cuantas fundaciones tendrían objetivos, con o sin ánimo, con o sin lucro, faltándoles los menesterosos? ¿Cómo sopesar el corazón de los santos y las santas si hasta donde permanecen ellos rezando no llegan con sus llagas los hambrientos indigentes? Si en las puertas de las oficinas del gobierno no se repartiera limosna y sí soluciones reales para los problemas que empujan a la población pobre hacia el despeñadero de la miseria ¿por qué otra acción diferente tendría que hablar el gobernante de atención social, hinchado como tiene su corazón de tanto orgullo? De misericordia no, porque no hay misericordia ahí donde se mantiene el sufrimiento del otro.
ricardosarasty@telecom.com.co

DESDE NOD pakahuay@gmail.com

Veinticinco
Alejandro García Gómez

En los difíciles tiempos por los que atraviesa nuestro país, DIARIO DEL SUR ha celebrado sus veinticinco años de existencia en unos importantes pero delicados momentos:
Cuando se espera una paz que no sea ni una burla a las víctimas ni a los tribunales de justicia -que representan a la sociedad-. Cuando se ve pasar ante nuestras ventanas, a veces dos o tres veces por día, la procesión de congresistas y funcionarios a investigación, a indagatoria, a captura, a juicio, a prisión, a marrullas y desvergüenzas para escaparse de la acción de esa misma justicia a la que los máximos poderes del país han querido desvirtuar o doblegar. Cuando se percibe que además de los paramilitares, los parapolíticos y los parafuncionarios falta otra "parapata" para cuadrar la "paramesa". Cuando se escucha que el presidente Uribe goza del 84% de aceptación por parte de los colombianos, la más alta en la historia del país a seis años de gobierno, cercana ya al 92% de Fujimori en sus mejores momentos (de difícil interpretación cuando las mismas arrojan un 53% de intención de voto en una segunda reelección para un tercer mandato). Cuando no se sale del asombro por el conocido caso de las tierras de Carimagua, que más que escándalo se convierte en símbolo de la inteligencia y sana habilidad de nuestra clase dirigente para crear la riqueza propia a costa de la nacional y viceversa, agrandarla sana y honestamente, transformando la miseria de unas tierras y de las gentes de una región en su propia y honrada prosperidad, como ha sido la tradición heredada de sus ancestros.
Cuando el precio de los combustibles derivados del petróleo, principalmente la gasolina, supera el de la que se vende en EEUU y, a pesar de que aún nos queda un sobrante en nuestra geodespensa de ese valioso mineral no renovable, de nada nos ha servido a la gran mayoría de los colombianos, todo como resultado de anteriores imposiciones del ahora alicaído Fondo Monetario Internacional (FMI) de quitar el subsidio a la gasolina y con ese dinero aumentar el pago de los intereses de la impagable deuda externa.
Cuando se oye y se ve que con diligencia y rapidez la ministra de Educación Cecilia Vélez se ha dado cuenta, después de 6 cortos años, de la perversidad del decreto 230/02 de evaluación y promoción escolares -de la era presidencial Pastrana y de la suya propia como secretaria distrital de educación en Bogotá- y logró percibir en estos cortos seis años que la educación colombiana de primaria y secundaria ha ido quedando por debajo de las peores del continente africano -las de más baja calidad en el mundo- y propone este año una revisión a este decreto bajo la bella (por lo ambigua) premisa: "evaluar es valorar"; quizá otro año o dos más, pero qué importa si "siete u ocho años no son nada", parodiando a Gardel. Ella quizá ya sabe, en su sabiduría, que no seremos nada hasta cuando no tengamos el coraje de construir un sistema educativo que permita formar en nuestros niños un ser nacional.
Es en estos momentos álgidos cuando DIARIO DEL SUR cumple veinticinco años de existencia. Bajo su línea liberal, partido político en el que no estoy inscrito respetándoseme mi posición para algunos anarquistas de no militar en ninguno, el periódico ha mirado el devenir, el desarrollo, el subdesarrollo y los contrastes de nuestra región, de nuestro país y del mundo con un criterio que a veces compartimos y otras nos coloca en una respetuosa discrepancia, como corresponde a los principios democráticos.
Por esto, por todo lo que DIARIO DEL SUR representa para Nariño y para Colombia, saludamos desde este cubículo de libertad que significa y simboliza NOD, a su personal directivo, a su planta de periodistas y de trabajadores, así como a sus columnistas. Ese es nuestro DIARIO DEL SUR en éste, nuestro mundo. Todos somos pasajeros del tiempo y de la tierra. Todos nosotros, sólo pasajeros. Larga vida a nuestro periódico.