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¡Que
no se vea tanto la pobreza en el Concejo de Pasto!
Jorge Hernando Carvajal Pérez
Es cierto que estamos en época de austeridad, ¡ni más
faltaba!, pero ¿es necesario que se vea tanto la pobreza?
El tema viene a cuento, como dicen las señoras, por el recinto
y el mobiliario del honorable Concejo de Pasto, que no son precisamente
un dechado de modernidad ni mucho menos. Su ambiente se me antoja a la
sala de espera de una dentistería de algún olvidado municipio
de la Costa Pacífica nariñense, con sus gradas y pisos de
madera que crujen de manera inquietante al paso de los concejales y visitantes.
En estos días el maestro Buchón, quien siempre deja su bicicleta
al cuidado de los dos amables agentes de la Policía que están
siempre a la entrada, me dijo que siente un terror ancestral cada vez
que empieza a subir las gradas rumbo al segundo piso, puesto que no sólo
le parece estar en una casa llena de fantasmas, sino que teme que en cualquier
momento la madera se desfonde y deje viuda a Eva Cuarán. Para evitar
esa clase de accidentes se sabe que el presidente del Concejo, Jorge Eduardo
Ortiz, les ha recomendado a sus colegas que hagan dieta para bajar unos
kilitos y evitar de esta manera que un día de estos una sesión
en pleno vaya a caer sobre la cabeza de los abnegados agentes de la Policía
que se encuentran en recepción.
Ya arriba la situación no es mejor, puesto que el mobiliario para
recibir a los visitantes se está cayendo de lo viejo. Hay quienes
dicen al respecto que en el sofá al que se le están saliendo
las tripas, reposó en una época la humanidad del entonces
joven concejal Arcesio Sánchez Ojeda, lo que daría una idea
de su antigüedad. Lo mismo se puede decir de los escritorios de las
pobres secretarias, que lucirían mejor en un museo (los muebles,
no ellas).
Tampoco en la sala de sesiones mejora la cosa. Los concejales, con Diego
Baca a la cabeza, se quejan de que las sillas son tan viejas que cuando
se sientan se hunden y, a duras penas, se les alcanza a ver la cabeza,
por lo que quedan ni más ni menos como tortugas en su caparazón.
El único que no se quejó fue Nicolás Toro, quien
lleva tantos años con la suya que ya se encuentra acostumbrado
a toda clase de incomodidades.
¡Y qué decir de los funcionarios citados a las sesiones!
A algunos les encantan esas sillas viejas, puesto que quedan prácticamente
ocultos, lo cual es muy conveniente cuando los señores concejales
les están cantando la tabla.
La cuestión ahora es que los concejales tienen la esperanza de
que con la adición presupuestal de 20 mil millones de pesos se
les compre muebles nuevos y al menos, mientras se cambian de sede, como
se les tiene prometido, se refuerce el piso para prevenir una caída
masiva, como sucede ahora en el Congreso de la República.
Para que esto se convierta en una feliz realidad todos están encomendados
a los santos de su devoción, pero se afirma que será San
Eduardo quien diga la última palabra.
TRAGACANTO
Mucho corazón
Cuando se invita a entonar las estrofas del himno nacional todos los
concurrentes al acto para el cual han sido invitados ponen la mano sobre
el pecho, más exactamente ahí donde con mejor claridad se
escuchan los latidos del corazón. Esta actitud que debe entenderse
como un gesto de respeto, pero también de pasión o de respeto
apasionado y, por qué no, de una pasión respetable, además
es una muestra del importante significado que para los colombianos tiene
este músculo cuando de demostraciones sentimentales se trata. Ahí
está para ejemplo ese nuevo logotipo contratado por la presente
administración nacional para vender la imagen de Colombia en el
exterior y posicionarla en los diferentes mercados con la frase "Colombia
es pasión".
No obstante, existe un no sé qué que no permite creer de
manera total en lo acertado de esa frase y menos aún en el real
valor del corazón como símbolo de la calidad humana. Por
lo pronto en Colombia existe una duda que asalta la razón en el
preciso momento de aceptar una definición más de lo que
es este país cuando se lo valora desde su contexto social.
La duda se encuentra allí, precisamente donde debería darse
pie a la convicción, en donde se halla el vacío generador
de la duda; ahí, en la falta de consecuencia entre la forma de
ser aquí y ahora, y la otra manera de presentarse después;
en la escasez de congruencia entre lo que se dijo ante un grupo de personas
y lo que se dice o se dirá en medio de otros en obediencia a lo
conveniente y nunca al criterio, cuando existen criterios como respaldo
de los hechos.
El desprecio por los saberes, que para muchos es una señal de inteligencia,
es otra razón por la cual se puede afirmar que en el pecho de más
de un colombiano no late un corazón henchido de amor sino un corazón
hinchado por la pasión y es la hinchazón la causa de su
tamaño descomunal, una señal por demás patológica
ante la cual se debería reaccionar con suma preocupación
y urgencia.
Fieles a la herencia judeocristiana, un grupo grande de colombianos está
convencido de su misericordia y más aún contempla seguro,
afianzado en lo que ellos llaman misericordia, la ruta que los acerca
un poco más cada día a la eterna morada cerca de su Dios.
Sin embargo asalta la curiosidad por saber de verdad ¿cuánta
misericordia cabe en ese corazón grandote donde también
almacenan orgullo y ese orgullo es mucho más? Siete mil niños
sin hogar en los albergues del Icbf, 3 mil niños ubicados en casas
de familia explotados en labores de servidumbre, niños que pululan
en las ciudades que parecen vomitarlos en las esquinas de los semáforos
o en medio de las avenidas y en los parques para que se prostituyan y
delincan sumidos en el consumo de sustancias inhalantes como el bóxer
y psicotrópicas como la marihuana y el bazuco; niños que
son vistos desde el interior de los automóviles por esos colombianos
misericordiosos que ante tanto drama se declaran impotentes de poder soportarlo
unos minutos más frente a sus ojos y entonces deciden abonar en
la cuenta que les garantiza el cielo la monedita de 100 que con una mezcla
de recelo y miedo deciden poner en la mano sucia del niño que debería
reflejar en su imagen derruida la verdadera faz de aquel que riega azúcar
seguro de que con ella no acaba con las moscas sino que a demás
de mantenerlas ayuda para que se reproduzcan.
¿Qué sería del misericordioso sin los mendigos? ¿Cuantas
fundaciones tendrían objetivos, con o sin ánimo, con o sin
lucro, faltándoles los menesterosos? ¿Cómo sopesar
el corazón de los santos y las santas si hasta donde permanecen
ellos rezando no llegan con sus llagas los hambrientos indigentes? Si
en las puertas de las oficinas del gobierno no se repartiera limosna y
sí soluciones reales para los problemas que empujan a la población
pobre hacia el despeñadero de la miseria ¿por qué
otra acción diferente tendría que hablar el gobernante de
atención social, hinchado como tiene su corazón de tanto
orgullo? De misericordia no, porque no hay misericordia ahí donde
se mantiene el sufrimiento del otro.
ricardosarasty@telecom.com.co
DESDE NOD pakahuay@gmail.com
Veinticinco
Alejandro García Gómez
En los difíciles tiempos por los que atraviesa nuestro país,
DIARIO DEL SUR ha celebrado sus veinticinco años de existencia
en unos importantes pero delicados momentos:
Cuando se espera una paz que no sea ni una burla a las víctimas
ni a los tribunales de justicia -que representan a la sociedad-. Cuando
se ve pasar ante nuestras ventanas, a veces dos o tres veces por día,
la procesión de congresistas y funcionarios a investigación,
a indagatoria, a captura, a juicio, a prisión, a marrullas y desvergüenzas
para escaparse de la acción de esa misma justicia a la que los
máximos poderes del país han querido desvirtuar o doblegar.
Cuando se percibe que además de los paramilitares, los parapolíticos
y los parafuncionarios falta otra "parapata" para cuadrar la
"paramesa". Cuando se escucha que el presidente Uribe goza del
84% de aceptación por parte de los colombianos, la más alta
en la historia del país a seis años de gobierno, cercana
ya al 92% de Fujimori en sus mejores momentos (de difícil interpretación
cuando las mismas arrojan un 53% de intención de voto en una segunda
reelección para un tercer mandato). Cuando no se sale del asombro
por el conocido caso de las tierras de Carimagua, que más que escándalo
se convierte en símbolo de la inteligencia y sana habilidad de
nuestra clase dirigente para crear la riqueza propia a costa de la nacional
y viceversa, agrandarla sana y honestamente, transformando la miseria
de unas tierras y de las gentes de una región en su propia y honrada
prosperidad, como ha sido la tradición heredada de sus ancestros.
Cuando el precio de los combustibles derivados del petróleo, principalmente
la gasolina, supera el de la que se vende en EEUU y, a pesar de que aún
nos queda un sobrante en nuestra geodespensa de ese valioso mineral no
renovable, de nada nos ha servido a la gran mayoría de los colombianos,
todo como resultado de anteriores imposiciones del ahora alicaído
Fondo Monetario Internacional (FMI) de quitar el subsidio a la gasolina
y con ese dinero aumentar el pago de los intereses de la impagable deuda
externa.
Cuando se oye y se ve que con diligencia y rapidez la ministra de Educación
Cecilia Vélez se ha dado cuenta, después de 6 cortos años,
de la perversidad del decreto 230/02 de evaluación y promoción
escolares -de la era presidencial Pastrana y de la suya propia como secretaria
distrital de educación en Bogotá- y logró percibir
en estos cortos seis años que la educación colombiana de
primaria y secundaria ha ido quedando por debajo de las peores del continente
africano -las de más baja calidad en el mundo- y propone este año
una revisión a este decreto bajo la bella (por lo ambigua) premisa:
"evaluar es valorar"; quizá otro año o dos más,
pero qué importa si "siete u ocho años no son nada",
parodiando a Gardel. Ella quizá ya sabe, en su sabiduría,
que no seremos nada hasta cuando no tengamos el coraje de construir un
sistema educativo que permita formar en nuestros niños un ser nacional.
Es en estos momentos álgidos cuando DIARIO DEL SUR cumple veinticinco
años de existencia. Bajo su línea liberal, partido político
en el que no estoy inscrito respetándoseme mi posición para
algunos anarquistas de no militar en ninguno, el periódico ha mirado
el devenir, el desarrollo, el subdesarrollo y los contrastes de nuestra
región, de nuestro país y del mundo con un criterio que
a veces compartimos y otras nos coloca en una respetuosa discrepancia,
como corresponde a los principios democráticos.
Por esto, por todo lo que DIARIO DEL SUR representa para Nariño
y para Colombia, saludamos desde este cubículo de libertad que
significa y simboliza NOD, a su personal directivo, a su planta de periodistas
y de trabajadores, así como a sus columnistas. Ese es nuestro DIARIO
DEL SUR en éste, nuestro mundo. Todos somos pasajeros del tiempo
y de la tierra. Todos nosotros, sólo pasajeros. Larga vida a nuestro
periódico.
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